lunes, 4 de agosto de 2014

La Energía del Abrigo, por Homero Carvalho Oliva



                                                   

       La Energía del Abrigo




Las aymaras creen que la energía del difunto se queda en las ropas que éste vistió en vida, por eso después de enterrarlo llevan la vestimenta usada a un río y la lavan para que el agua -sinónimo de limpieza-, se lleve la carga que ha quedado entre los pliegues y la ropa quede depurada para ser vestida de nuevo. Este ancestral rito andino llegó a mi memoria después de leer El abrigo negro, la novela de Sisinia Anze Terán, una joven autora que se convirtió en una celebridad instantánea después de que ésta su primera novela saliera a la luz y, en pocos meses, pasara  a ser una de las preferidas, tanto de estudiantes como de lectores en general.

En mi caso, la leí de una sentada luego de que la propia autora me la entregara en un intercambio de libros que hicimos hace una semana. Me la llevé a la Feria Internacional del Libro de La Paz y allí la terminé de leer, satisfecho de saber que tenemos una escritora que, sin prejuicio alguno, encara temas históricos y esotéricos de carácter universal, con tradiciones y leyendas propias de una parte del país, como es la cosmovisión andina del departamento de Oruro. Y digo sin prejuicios porque se trata de temas que están siendo abordados por escritores en el mundo entero y muy pocos lo hacen en nuestro país.

El personaje central de esta novela es un abrigo negro que carga la pesada y negativa energía de su dueño original: nada menos y nada más que Adolf Hitler; si, así es, informado lector, se trata del famoso abrigo negro que viste en muchas de sus fotografías, y películas documentales y que lo caracterizó durante la mayor contienda bélica del siglo XX. El abrigo, en calidad de ropa usada (un tema tan actual que pocos hemos tocado, me trajo recuerdo a un cuento mío denominado El terno azul), llega a un mercado en Oruro y allí lo adquiere Jacinto Choque, un minero que empieza a sentir sensaciones extrañas, producto de la mala energía que carga esta prenda que la autora va presentando de manera extraordinaria. El argumento me parece genial y no pienso contarles la obra, solamente provocarlos para que la lean.

La novela, un territorio de culturas, está dividida en dieciocho capítulos y un epílogo y su estructura narrativa es compleja, porque la autora va entremezclando los capítulos de tal manera que el tiempo y el espacio, entre la Segunda Guerra Mundial y la actualidad  y entre Europa y Oruro, se van enlazando en una cadena de acontecimientos suspendidos que hacen que el lector quiera seguir leyendo. Incluso al terminar, nos quedamos con las ganas de una segunda parte, como esas sagas literarias ya famosas.

El abrigo negro es una novela bien escrita, Sisinia maneja con solvencia los diálogos, resuelve adecuadamente los hechos, así como los tiempos narrativos y sabe usar el suspenso como gancho para atrapar al lector, por eso mismo los capítulos son como un rompecabezas en el que cada pieza es solo una parte de la imagen total y, puede parecer, que algunos de ellos no tengan sentido hasta cerrar la novela, es decir al cerrar el círculo; entonces todas las piezas encajan y el rompecabezas está completo y nos damos cuenta que el abrigo ha sido y es el gran personaje.

Algo que me llamó la atención es el conocimiento que la autora posee de la cosmovisión y culturas andinas de esta parte de la cordillera, y eso lo demuestra en algunos capítulos sin abusar para nada del folclore, sino más bien explotando la magia de lo nuestro. Cuando hablan los mineros, la autora elige los giros lingüísticos propios de la región, lo cual se constituye en una fortaleza de la obra, porque lo hace de una forma que aunque no entendamos algunas palabras, si entendemos el sentido de la oración. Al terminar de leerla, comprobé porqué es una de las preferidas de los estudiantes y porqué la invitan, permanentemente, a su autora a dar charlas y talleres literarios sobre esta y otras de sus obras. ¡Hay que leerla!
                                             
                                           Homero Carvalho Oliva

lunes, 16 de junio de 2014

El Diario del Tío



—Muchos se han perdido, y nunca más los han encontrado. Se dice que fueron víctimas del Tío, que porque no le hicieron su ofrenda al entrar o no creyeron en él o se hicieron la burla, él se los llevó a las profundidades por toda la eternidad –asegura Leopoldo, mirando de reojo a Verónica que no se da por aludida.

— Cada uno de esos túneles ha sido abierto a mano por valerosos hombres; perforando la roca a fuerza de sudor y sangre, entre el frío y la oscuridad; de quitar los escombros, de pulir muros, de montar vigas para que sostengan toneladas de roca –testifica el hombre, acariciando los muros de piedra, como queriendo arrancar de ellas los gritos atrapados de los mineros que nunca más volvieron a ver la luz del Sol—. Muchas veces cuentan los turistas, que han escuchado el  repiquetear de palancas y combos en estas mismas galerías abandonadas y de que han podido ver formas de rostros borrosos sobre los muros, unas sombras que penan por los túneles.



—Parece cuento, cómo que no me la creo –suelta Verónica, con desgano.



—No hable así, señorita, el Tío la puede escuchar y se puede enojar.



—¡ ¿Mmmmmm…?! No me  trago ese cuentingo del Tío, ese. Eso está bien para turistas, nomás.



Leopoldo  hace la señal de la cruz con la mano temblorosa, mientras observa absorto cómo José la reprende, obligándola a callar.



Los muros del pasadizo son toscos y  grumosos promontorios de roca, que tienen un peculiar brillo que  fulgura bañando las caras de los visitantes con un fragante y tenue esplendor. Las estrechas vías son, arduas y oscuras,   terroríficamente apretadas y accidentadas. El aire a ese nivel es húmedo, polvoriento y  tan denso que casi les da la sensación de estar caminando dentro del agua. El conducto de repente se curva,  conduciéndolos a una oscura galería de techo bajo dándoles la desesperante sensación de estar enterrados vivos. Siguen  caminando agachados por un largo trecho hasta llegar a un espacio más amplio; un insólito universo oculto se da paso y se convierte en una polvorienta neblina de nerviosos destellos, que resplandecen en inquietantes formas asimétricas.



—¡Allasito está el elevador! –indica Leopoldo, señalando con el haz de luz un viejo elevador maltrecho.



—¿Acaso vamos a bajar? –inquiere Verónica, con los ojos abiertos como platos.



—No. El elevador ya no funciona. Sólo les estoy mostrando por donde bajaban los mineros.



—Hubiéramos querido bajar para ver cómo es ahí abajo –dice, María, sacando de su mochila una botellita de agua para beber.



—¿Hubiéramos?  —inquiere Verónica sarcásticamente.



El grupo se acerca al elevador; una destartala caja de hierro, cubierto por una puerta de malla metálica.



—¿Podemos tomar fotos? –pregunta Marc, en un pésimo español.



—Claro que sí.



María y Marc abren la desvencijada malla, que hace de puerta del elevador y metiéndose dentro posan para la foto. José enfoca con el celular de Marc y toma varias fotografías, mientras la pareja cambia constantemente de pose.



—¡Ya! Ahora nos toca a nosotros –apunta José, sacando su celular y prepararlo para tomar fotos.

Verónica se queda dubitativa, pensando en la repentina sensación de vértigo que la invade.



—¡Vamos, amor! No pasa nada.



Entran y Marc les tomas varias fotos. En ese momento, cuando José sale del elevador, se siente un fuerte sacudón que obliga a Verónica a aferrarse aterrada a un costado de la cabina.  Su esposo gira para tomarla del brazo y jalarla hacia fuera, pero otro súbito temblor hace que él caiga hacia atrás y que las correas de las poleas del elevador se revienten, provocando que la cabina caiga y que, con su peso, rompa los dientes oxidados del carril, haciendo imposible que el artefacto se detenga. La cabina se precipita escupiendo chispas centellantes en medio de un estruendoso y violento rugir de fierros. Verónica yace tendida en la base de la cabina, gritando por la estrepitosa y atronadora caída que la lleva decenas de metros al fondo del cerro, hasta que por fin los dientes de detención logran ir frenando con inmensurable dificultad el elevador metros antes de que se estrelle al fondo, quedando suspendido a unos centímetros del suelo.

Verónica, poniéndose de pie, con mucho esfuerzo logra salir de la destartalada cabina un minuto antes de que una lluvia de piedras obstruyera todo el conducto y aplastase la caja metálica, provocando un estruendoso bramido varios decibeles fuera del umbral auditivo. Caen rocas en estridentes aludes y  el  chirriante cajón de metal  del elevador se arruga como papel. Se producen leves  temblores en la tierra y aparecen grietas al contorno de la  destruida cabina, intensificados por un ahogado rugido, tan violentamente angustioso que Verónica se estremece de miedo; las grietas exhalan fétidos vapores y salpican partículas de sólida piedra. Una espesa nube de tierra oscurece todo el corredor, haciendo que Verónica sufra de un acceso de tos y un posterior desmayo.



En la galería donde se encuentra el resto del grupo aún son presa del pánico, viendo todo el canal obstruido por rocas de enorme tamaño. Leopoldo se aferra al muro y empieza a murmurar con los ojos abiertos como platos.



—El Tío se la llevó, el Tío se la llevó. Ella no creía, y no tuvo respeto. Ahora se la llevó.



—¡Calla! Leopoldo.  Hay que ir a buscar ayuda. ¡Inmediatamente!



—Lo lamento. Cuando el Tío decide, decide. No se puede hacer nada. Nadie querrá ayudarla –acotó, al momento de salir corriendo hacia el exterior, dejando a la pareja de francesitos gritando, mientras José en un intento inútil y desesperado intenta arrancar las gigantescas rocas, mientras grita desesperadamente el nombre de su esposa sin recibir respuesta.



Aproximadamente una hora después, en medio de una tortuosa oscuridad, el haz de luz del casco marca una franja luminosa, cuya luminiscencia atrapa millones de partículas de polvo.  Verónica abre los ojos y le cuesta  acostumbrarse a la negrura de las entrañas del cerro, intenta no respirar con temor a  estar inspirando venenoso gas, pero la desesperación la invade  y no le queda más remedio que  tomar aire en el nebuloso lugar. La mujer tiene reseca la garganta y su hinchada lengua es un bulto de trapo dentro de  su boca. El cuerpo de Verónica se estruja, su cuerpo  está cubierto de polvo, su hinchado tobillo cruje y se lamenta.  Su corazón está enloqueciendo y  sus ojos están nublados, su espalda se encorva con un triste chirrido, está sin aliento. Siente que está al borde de la muerte.



Se yergue con dificultad, el dolor en el tobillo se intensifica, pero camina internándose por el túnel, camina varios minutos que parecen horas, avanza con lentitud por una pasarela que hay en el punto más elevado de la enorme cámara y se topa con una pequeña y vieja puerta de madera que parece que hubiera estado cerrada por cientos de años. Escucha unos pasos detrás y, rápidamente gira pensando que vienen por ella, pero no ve a nadie, sólo los túneles vacíos y silenciosos. No sabe si es por el efecto del pesado aire que delira con  la idea de que  alguien la está siguiendo.

Piensa unos instantes y decide abrir la puerta. Los goznes crujen y el polvo se desprende de la madera como un espectro. Dentro encuentra objetos muy raros; encuentra un enorme espejo biselado enmarcado con  tallados pintados de color oro, unas sillas estilo Luis XIII, una mesita de centro estilo francés y una percha donde cuelga una vieja capa roja con capucha. Verónica no da crédito a lo que sus ojos ven, se acerca cojeando, ahora por la hinchazón del tobillo y toma asiento en la escuálida sillita. Alumbra todo el entorno y no entiende cómo esos objetos se encuentran dentro de la mina a esa profundidad.

Sobre la mesita encuentra un grueso manuscrito foliado, cuya tapa   de madera está revestida de piel adornada con ornamentos de hierro, que  protegen los pergaminos bellamente escritos con una letra estilo romano clásico. La tinta utilizada en sus hojas es una preparación de extracto de tanino y sulfato de hierro que se usaba en el siglo XV. Verónica mira a un lado de la mesita y encuentra sobre el suelo una pequeña lamparilla de querosén, se acerca, saca de su mochila la cajetilla de cerillos  que Marc le dio a guardar, enciende la mecha y  toda la galería se ilumina con un pálido fulgor. Toma el manuscrito con ambas manos, lo  acerca a la luz de la lamparilla y, pasándole la mano por la superficie, limpia el polvo de la tapa para poder leer el título del mismo; “Diario de K. G. Maier” Hojea lentamente las crujientes páginas amarillentas, leyendo cortas palabras que parecen dibujadas con magistral habilidad.

Cierra el pesado libro, ocasionando que una nube de polvo se extienda frente a su rostro y le provoque una rasposa tos. Lo apoya sobre la mesita y abriendo la pesada tapa lee la nota de la primera página:

“Esta es la historia de mi vida, no sé cuáles fueron los motivos que me llevaron a realizar tal faena, quizás para no perecer en las redes de la monstruosa locura que me acosa desde hace siglos. Soy inmortal y ésta es mi historia:”



sábado, 23 de noviembre de 2013

EL CONJURO DEL ABRIGO NEGRO

                      Por Melita del Carpio

   Sisinia Anze es una prolífica escritora de literatura fantástica. En cinco años hemos  presenciado el nacimiento de  cuatro obras suyas de este género, lo que nos lleva a reconocer su gran fluidez creativa en el campo de la novela.

    Su territorio narrativo está constituido por el misterio, lo fantástico, lo estérico, lo curioso, lo insólito, lo demoníaco. Ya es “canchera” en estos ámbitos en los cuales ha tejido las tramas de sus anteriores novelas: “El abrigo negro”, “La clonación de Cristo”, “Las últimas profecías” y ahora “El conjuro del abrigo negro”.

   Su imaginación desbordante y una cierta audacia desenfadada para aproximarse a temas insólitos, le dan materia para un “continuará” cada vez que concluye un libro. Así, retoma sus historias para darles nuevos desarrollos. Esta habilidad no es propia de todo escritor. La mayoría  hace cierres definitivos en sus novelas.  Sisinia sabe encontrar nuevos itinerarios a sus argumentos. Grandes autores universales también lo hicieron: Luisa M. Alcott, Mark Twain, «Jo» Rowling, John Ronald Tolkien y otros.

   La clave en Sisinia Anze está en los  finales: son cierres abiertos  y permiten a los lectores dar explicaciones y finales diversos, permiten también a la propia autora continuar la historia en una nueva novela sin crear dependencia argumental entre sus obras. Es posible leer cualquiera de ellas sin leer necesariamente las otras.

   El desarrollo de la literatura fantástica y de ciencia ficción en Bolivia es relativamente reciente. De hecho, no es fantasía del extrañamiento al estilo de Kafka, Ionesco o Cortázar, ni es realismo mágico al estilo de Asturias, García Márquez o Esquivel. Esta literatura se aproxima más a lo fantástico y misterioso de Poe, de Ray Bradbury o de Dan Brown. Sisinia es parte de un nuevo movimiento literario boliviano al que pertenecen Iván Prado, Miguel Esquirol, Dennis Morales  entre otros.

   En “El conjuro del abrigo negro” se suman a lo fantástico, misterioso y esotérico, lo científico, lo histórico, lo mítico y lo étnico. El misterioso abrigo negro del más oscuro personaje de la historia universal: Adolfo Hitler, después de pasar por muchos dueños,  ha llegado al  mercado de las pulgas donde uno encuentra ropa usada por precios módicos. Irónicamente, este abrigo alemán es vendido entre la ropa “americana” a un minero de origen indígena y posteriormente  llega al hogar de una familia quechua del norte de Potosí. Son algunos personajes de ella quienes conducirán al abrigo a su destino. El conjuro del abrigo negro aparentemente cumple el plan de Hitler de volver a la vida y recuperar su imperio gracias a  la famosa  lanza de Longinos que es la clave del poder para quien la posea.
   La novela escrita en 14 capítulos y un epílogo plantea en definitiva que el poder es un demonio tan desquiciado, tan delirante y monstruoso que hasta el mismo Supay se horroriza de tenerlo en frente. No conoce diferencias de territorio ni de cultura y la víctima de su posesión demoníaca puede ser lo mismo un alemán psicótico o un joven indígena andino. La condición para ser poseer la prenda misteriosa y ser poseído por ella, es tener una oscura vocación por el poder  y un corazón dolorido por el resentimiento.

   La novela transita dos planos históricos y espaciales: Los años del holocausto en Alemania y la actualidad en el altiplano andino: Territorio quechua y aymara: el Lago Titicaca, el pueblo de Macha. La trama de un relato de ficción  se entreteje por momentos con explicaciones históricas, esotéricas y míticas: Por momentos la narradora da paso a la investigadora: pasajes no conocidos sobre los horrores del régimen nazi que muestran a qué extremos puede llevar el etnocentrismo racista; el nazismo y sus incursiones en el ocultismo, hipótesis sobre la ubicación en pleno Titicaca del continente hundido la Atlántida y explicaciones acerca del T´inku como expresión de la cosmovisión del mundo andino, signo de vida y de encuentro.  

   Nuevamente, el texto exige un lector atento y activo por los planos espaciales y temporales que se intercalan y combinan. Al final todo confluye y se articula en un desenlace que invita a imaginar diversas explicaciones y una pregunta: será ¿Felipe, el joven quechua: ¿un nuevo Hitler andino?

   Por momentos vuelve la narradora poeta de “La clonación de Cristo” Su lenguaje narrativo se llena de imágenes que provocan diversas sensaciones en el lector:

 Felipe corre por entre las montañas, cruza pampas desérticas y jadea por el cansancio. El sol no cesa de pisotearlo durante el camino; incluso cuando el crepúsculo se torna de un henchido rojo febril, sigue brillando perversamente a través de la brecha entre las lejanas crestas, deslumbrándolo y convirtiendo todas las gotas de sudor en prismas de dolor(…)El firmamento arde con una tétrica luz de horno”


   Seguramente quien lea “El conjuro del abrigo negro” disfrutará con este nuevo libro de Sisinia, se sentirá sobresaltado por el horror, capturado por el misterio y por la novedad de encontrarnos como bolivianos andinos en su mundo de fantasía, de conjuros y de hipótesis sorprendentes.  

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA LANZA DE LONGINOS - EL CONJURO DEL ABRIGO NEGRO
                         SISINIA ANZE TERÁN

miércoles, 11 de septiembre de 2013


    
 La lanza de Longinos, es la  última novela que considero producto de la  exitosa zaga del Abrigo negro, donde el argumento original del audaz libro produce el eco seductor de un canto de sirena que atrapa al lector en una trama cuya tensión parece inagotable, ramificada en un robusto follaje de la inefable dimensión mitológica del  pensamiento humano, donde aún sobrevive la capacidad de sorpresa y asombro.

     No es el objetivo de estas palabras antes de las de las palabras de la autora, develar los enigmas intrínsecos de la obra. Tampoco el de erigir elogios innecesarios sobre altar literario o la temática abordada. Pero resulta fundamental señalar la diana conseguida por la certera puntería que impulsó al filoso venablo: articular mitos universales con los mitos regionales andinos, mediante la magia de una historia fantástica.
    

       Desde el rotundo éxito mundial conseguido por El Código da Vinci de Dan Brown, y otras obras en esa línea, mucha agua ha corrido por estos causes, donde las olas encrespadas se van embraveciendo arrasando los castillos de arena de los historiadores tradicionales y los mitos construidos por los poderosos para perpetuar su poder. Los amos oficiales de la verdad, habitantes de los centros del poder político, económico y militar, ignoran en forma deliberada las múltiples vertientes culturales milenarias y contemporáneas, que interpelan de manera constante y consistente sus versiones históricas.    

     Sisinia Anze, amazona de la palabra, armada con el filo temerario del discernimiento y dotada con la tranquilidad de la experiencia, toma la lanza que hirió el corazón del Cristo y la envía al corazón del altiplano boliviano, arrastrando en su etérea turbulencia, las interesantes incidencias de su narración, donde un fragmento del relato muestra un implacable jerarca representante del nefasto poder de los nazis, asustado con la presencia de un danzante nativo y termina con su servil séquito  aplaudiendo la danza de la diablada, mientras acullica la hoja sagrada para aliviar los efectos del mal de altura, en  irónica metáfora. Estos personajes, símbolos de un poder perverso, siguen extasiados el hilo conductor de su doctrina alimentada por la magia originaria del poder, contenida en  los mitos universales del cristianismo como es el de la lanza de Longinos, vestido de poncho y abarcas, para deambular en la mitología ancestral de los pueblos andinos con sus ciudades atlantes sumergidas en misteriosos lagos mineralizados o el Tío, amo y señor de los profundos socavones.

     La lanza de Longinos, imbrica en su tejido narrativo, la construcción de precisas atmósferas andinas y referencias históricas detalladas de la debacle del Tercer Reich, que otorgan consistencia al relato, cuyo principal protagonista Adolfo Hitler, es perfilado de una manera muy particular por la autora quien no oculta como muchos, la fascinación por las derivaciones de esta contienda maniquea que no termina aún. Por el contrario invita a una ansiosa espera de los lectores por todas  las historia noveladas que puedan surgir de la prodigiosa imaginación de Sisinia Anze, convertida en uno de los baluartes de la narrativa fantástica, nueva fortaleza de la juventud lectora.
Gonzalo Montero Lara

Poeta-escritor

jueves, 2 de mayo de 2013



 Encuentro con el Tío de las minas 






                     

Jacinto camina por las galerías dentro de las entrañas de la mina; el olor es a metal, húmedo y pesado. El minero se empieza a sentir mareado y se apoya a los muros fríos, intenta salir a la superficie lo más rápido posible y cuando llega a doscientos metros de la bocamina, donde está solo y no se oye más que el eco de sus propios pasos, siente que ha perdido las fuerzas y que las imágenes distorsionadas de su entorno lo acechan como espectros amenazantes. Se desvía hacia una galería por donde camina a tientas, hasta perder el sentido de orientación. Se apega contra las rocas y empieza a chapotear bruscamente dentro de una canaleta por donde mana la copagira, aguas ácidas mezcladas con residuos minerales oxidados. Se detiene y acerca su rostro al maloliente líquido; su superficie pulimentada refleja su rostro descompuesto en matices verdosos. Vaga eternamente en los entrelazados corredores. Traga excesivo polvo ácido. Todos los túneles acaban en nuevos pasadizos, pero él no siente que se aproxima a territorio conocido, todo le resulta inexplorado, extraño, terroríficamente recóndito. El desespero le abruma. ¿Errará por siempre en este mundo subterráneo? O, si logra regresar a la superficie, ¿se hallará en el mismo desierto de demenciales alucinaciones? La conciencia del minero se desvanece en el mundo subterráneo, oscuro, fantástico, incierto recorrido por violentas pasiones y Jacinto, centelleante y tembloroso, lleva su alma por dudosos y precarios caminos. Avanza, adivinando con las manos entre la bocamina que se proyecta como una oscura falange de roca y tierra, donde él es el retazo de carne que se resiste a seguir su trayecto a los oscuros y grumosos órganos internos del monstruo de piedra. Llega a una cámara vacía donde sólo hay callapos, troncos de árbol, barrenos, perforadoras y cascos, también conocidos por los mineros como guardatojos. El lugar expulsa el olor a azufre como un cuchillo que penetra los sentidos, destrozándolos inexorablemente.

El minero se detiene en plena oscuridad y trata de arrancar del contaminado aire oxígeno puro para calmar a sus pulmones que están al borde del delirio.

Repentinamente una luz rojiza se dilata por toda la galería y una silueta aterradora se perfila frente a él. Su apariencia es espeluznante, unos ojos fieros lo miran con un brillo diabólico, unas astas se extienden hasta perderse en lo alto de la galería; el rostro que se proyecta a unos centímetros de su pavorida humanidad es siniestramente perturbador, tiene una nariz alargada y torcida, una boca ancha y negra por la ceniza de las k’uyunas que se fumó; su barbilla es alargada y puntiaguda, sus cejas gruesas y peludas, más negras que la noche de invierno de Huanuni. Cuando Jacinto dirige la mirada a los pies, se encuentra con un par de pezuñas dentro de unas deformes abarcas que no disimulan la deformidad de sus patas de cabra. El terrorífico ser viste pantalones desbocados que dejan ver un enorme miembro erecto, del cual, el ser se siente orgulloso.

-¿Quién eres?

-¿No me reconoces, minero?

-¿El diablo?


-Jajajajaa, minero, soy el dios de los Andes. Soy el amo y señor de las riquezas del subsuelo, esas que con tantas ansias buscas. – El “Tío” hace brillar sus saltones ojos con la mirada centelleante de la maldad; hace chirriar los dientes, se alisa la barba y suelta una estruendosa carcajada.

-El “Tío”.


-El Tiw, el protector de la naturaleza, de abrigos rocosos, cuevas, socavones. Soy una suerte de dios del bien y del mal, dependiendo de cómo me tratan. – Carraspea, soltando una bulliciosa carcajada que hace temblar las vigas que sostienen el techo.
-¿Qué deseas de mí? Yo no te he hecho nada a vos –reclama, asustado el minero.

-Por ahora, sólo deseo una k’uyuna. ¿Me invitas? –pregunta el “Tío”, alzando sus cejas hechas de pelo de llama negra. Golpea con las pezuñas el suelo, en un acto de desesperación. –Apura, minero, que se me hace agua la boca. Jajajajajaa –suelta una siniestra carcajada por la ironía de su comentario.
El minero busca en sus bolsillos y saca la pequeña cajetilla de        K’ uyunas, se pone nervioso y hace caer unos cuantos al suelo húmedo. 

-¡Epa minero, que no sacan de los árboles! Anda, coloca una en mi boca y préndela. –dice abriendo su boca manchada con el hollín de los cigarros.


El minero toma una k’ uyuna y metiéndola en la boca del “Tío” la enciende con un cerillo que se apaga antes de cumplir con su función.


-Pero qué pasa, minero. ¿Tan feo soy? ¿Tanto miedo te doy? –suelta con una ensordecedora carcajada.


- He escuchado que si te tratan mal, o te faltan al respeto, tus ojos se inflan y miras con siniestro brillo de fuego del infierno, que cuando te enojas es como si un volcán estallara en erupción. – Resopla Jacinto, haciéndose para atrás después de encender el cigarro. -Escupes rayos por la boca, haciendo que toda la mina se sacuda, y desprenda grandes piedras de las cubiertas, los callapos caen como lluvia de meteoritos de la parte superior de los socavones, la copagira hierve y toda luz se apaga, dejando reinar la oscuridad en las minas.
-Oh, y de pronto brotan gases venenosos como fantasmas, aguas malolientes, y corrientes heladas y húmedas de vientos. Pongo trampas diabólicas hasta ocasionar la muerte de los pobres mineros sacrificados. –escupe el “Tío”, con divertida ironía. –Sí, ese mismito soy yo, Jacinto –jadea presuntuoso.

-¿Cómo sabes mi nombre?


-Yo lo sé todo, minero –dice, haciendo centellear sus inmensos globos oculares. Brillosas moléculas de metal danzan y brincan con ardua fascinación, zumbando y crujiendo mientras flotan por todas partes.


-¿Cómo sé que es verdad lo que me dices?


-¡Ja! Y a mí qué me importa lo que tú pienses, o creas de mí… Si me he hecho ver contigo es porque me llama la atención tu olor.


-¿Mi olor?

-Hueles a muerte, minero. Llevas sobre los hombros el peso de millones de almas en pena. Superas la cantidad de muertes que llevo en mi haber, minero.
-¡Eso es mentira! –exclama el minero despavorido.


-Y ¿para qué te voy a mentir a vos, pues? – resopla con

fingida indiferencia. ¡Minero, soy arrogante, pero no mentiroso ni altivo; soy atrevido, pero no prepotente. ¿Un sinvergüenza…? Jajajaja, ¡sí!, pero a la vez franco y generoso. Un goloso de los placeres de la carne de los mortales; por eso en las noches, cuando estoy aburrido, adopto su forma y salgo al pueblo a hacer de las mías. ¿Vividor desenfrenado y libertino? –suelta una estrepitosa risotada, sosteniendo su barriga con ambas manos. – Muy libertino, pero considerado y apasionado. Así como me ves, minero, soy lujurioso, pero con romanticismo. Soy un corruptor cárnico, pero no depravado,…., bueno, sí, soy, no lo puedo negar, soy muy depravado… -resopla con una sonora carcajada, sacando unas hojas de coca de su chuspa. - Puedo ser débil, burlón y a la vez cínico, tolerante, pero no permisivo. Sereno, sosegado, pero no indiferente, idealista pero no fanático. ¡Qué ironía!, un demonio soñador, a veces hasta sumiso, pero avispado, solapado y astuto. Soy engreído por todas las atenciones de mis sobrinos; mira mis botellas de quemapecho, nunca me faltan, –dice alzando una botella de alcohol de entre sus piernas y traga un sorbo. Soy calmo pero fieramente inquieto, un descarado, sarcástico, pero no mala fe, un bandido conquistador, una amalgama de contradicciones imposibles de otorgar a un simple mortal como tú, mucho menos, para describir el espíritu de todo un pueblo... –Alza las manos al cielo, y haciendo chispear sus saltones ojos suelta un profundo suspiro.- Es incoherente, minero, paradójico, absurdo, ilógico y discrepante, pero ese soy yo: El “Tío” de las minas.

Jacinto lo mira con un gesto inundado de terror, al ver como esos descomunales ojos se tornan rojizos y rutilantes; al ver cómo se perfilan unos colmillos inmensos y amenazadores.
-Eres…eres el mismito diablo, –suspira el minero con voz entrecortada. 

- ¡Infeliz! No te das cuenta, acaso, de que tú eres el que está poseído? ¿Que oscuras y siniestras fuerzas han encarnado tu cuerpo, que se han infiltrado en tu sangre y que se han apoderado hasta de tus huesos?...Jajajaja, minero, ¿yo? ¿El diablo..?, ingenuo, al diablo lo llevas puesto tú –rezonga con estruendosa voz, mientras el minero, despavorido, sale corriendo, tropezando con las piedras en su camino.


Las carcajadas del “Tío” revotan en los muros de la mina, y se pasean por las galerías como fantasmas sonoros que embrujan con sus estridentes notas a la Pachamama.



Ausencia - Poesía Sisinia Anze Terán

                                                                                                                                         ...